Ciencias, letras y tradición mediterránea

Hace unos meses le prometí a Sara Manzanares una respuesta a su fenomenal artículo La ciencia mola, y los museos lo saben donde buscaba en los museos de ciencias futuras apuestas para museos de temáticas históricas o artísticas. Diferentes proyectos me han mantenido alejado del blog pero “más vale tarde que nunca”.

“Hola, mi nombre es Vàngelis Villar, tengo formación de científico, soy biólogo. Descubrí, tras algunos años dedicándome a la investigación, que me gustaba más explicar los procesos que llevaba a cabo en el laboratorio que no investigar en sí. Me dedico al ámbito de los museos porque permiten una formación informal basada en el objeto y el ocio, que otros ámbitos no tienen en cuenta. Principalmente participo en la documentación y organitzación de proyectos expositivos”.

Esta podría ser mi presentación, una de tantas como tuve que hacer mientras estudiaba museología en la universidad, rodeado de historiadores, humanistas, historiadores del arte, artistas, etcétera. Y lo decía con la cabeza gacha ya que me sentía com un intruso a pesar del discurso oficial, que hablaba de multidiscilpinariedad. ¡Un científico entre las filas de una profesión desarrollada casi en exclusiva y de manera tradicional por personal de letras! Toda una aberración.

Exposición temporal en CosmoCaixa Madrid

Hay una gran verdad en todo esto y que ya apunta Sara en su post: las etiquetas que imponen nuestros sistemas formativos se mantienen a lo largo de los años y en muchas situaciones. Aún ahora sigo teninendo que dar explicaciones de por qué me muevo en un ámbito aparentemente reservado a carreras de letras pero con la bandera de la multidisciplinariedad bien alta. Hay una respuesta rápida “también hay museos de ciencias” y hay otra de más compleja “creo que la división entre ciencias y letras está impuesta y ambas unidas sólo pueden ganar en riqueza”. Luego, si eso, paso a comentar que mi nombre es de origen griego.

Sí, yo opté por las ciencias cuando tuve que decidirme a estudiar una carrera. Lo admito. Estudié biología. Y lo hice tan convencido que iba para doctor. Hasta que mis intereses derivaron en otro tipo de instituciones.

Creo que siempre ha sido habitual identificar la cultura con determinadas disciplinas. Podías leer a Shakespeare y ser culto, pero si leías a Darwin eras aplicado. Las ciencias creo que siempre se han movido en una nebulosa ajena al concepto de cultura. La cultura ha sido siempre un motivo para separar grupos. Ajenos a este problema, los centros científicos han intentado hacer la suya, muchos sin tan siquiera una colección de objetos, o tratando de sacar el jugo a un puñado de piedras, de huesos o de animales disecados. Tratando de atrapar públicos jóvenes, principalmente estudiantes.

Museos de letras?

No desvelaré ningún misterio si reconozco que existen museos de varias temáticas a cuyo discurso es imposible acceder sin un conocimiento previo. Esta realidad se emmascara tras el argumento “Se explican por si solas” o “No hay que entenderlo, simplemente disfrutarlo”. Os suena, ¿verdad?

Pues lo siento, señores y señoras, pero mi mente de científico racional me impide comprender determinadas cosas. Quizá no soy su público. Seguramente ni les interesa la tipología de público a la que pertenezco.

Museos de ciencias?

Por su lado, una gran parte de museos científicos, quizá conscientes de su vinculación prioritaria hacia la formación -“quien lee a Darwin es instruído”- entendieron que la ciencia no se explica por si sola sinó que es necesario experimentar y jugar con metáforas para entenderla. Os aseguro que la ciencia no se explica por sí sola y si no, les paso un recuento de mis horas de facultad.

Vitrinas del antiguo Museo de Ciencias Naturales de Barcelona

En resumen, más que hablar de dicotomia entre museos de ciencias y museos de letras siempre me ha gustado interpretarlo desde la óptica de museos de tradición anglosajona y museos de tradición mediterránea. Esto me ayuda a comprender que las instituciones están compuestas por personas y son estas las que deciden reducir su abanico de público y para ello pueden determinar los mínimos mediante los cuales un visitante va a disfrutar, o no, la visita.

Pero no es oro todo lo que reluce. Los museos de ciencia quizá molen pero no es menos cierto que un buen puñado de ellos aún se centran en la investigación, desatendiendo por completo otras funciones propias de un museo.

Museografía en CosmoCaixa Madrid

No dudo en absoluto que disciplinas como la historia, la arqueología o el arte tendrán, en un futuro reciente, una mayor importancia en nuestro día a día. ¿O no hay ya movimientos cívicos que reivindican un mayor respeto por elementos patrimoniales? ¿No hay museos que buscan una mayor inclusión de sus colecciones en la escuela?

Este cambio, entiendo, tiene que ver con la rotura de esta visión elitista, una visión más orientada a los beneficios que puede aportar la cultura en la educación y cómo la cultura nos puede salvar en el día a día. Y más allá de esto, ricemos el rizo: ¿qué puede aportar la ciencia a un discurso de letras? y viceversa, ¿qué puede aportar el arte o la historia a un discurso de ciencias Para muestra un botón: en el documental Dimensión Dalí un grupo de físicos teóricos interpretan la obra de Dalí.

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